Lun 23 Oct, 2017

La crisis de la Socialdemocracia

Ha pasado un siglo desde que Rosa Luxemburgo escribía su ensayo «La crisis de la socialdemocracia», en el que arremetía contra lo que la Primera Guerra Mundial estaba constituyendo para el reforzamiento del capitalismo. Su fuerte posición antimilitarista llevó a Luxemburgo a la cárcel y la separó de la postura tomada por el SPD respecto al káiser Guillermo II en cuanto a la guerra.

La izquierda en general, y la socialdemocracia en particular, se ha caracterizado por un análisis crítico de sus actuaciones dentro y fuera del gobierno y, al estilo de lo que hiciera Rosa Luxemburgo en su ensayo, lleva ya muchos años preguntándose acerca de la crisis de los partidos socialdemócratas y de cómo superarla.

Así pues, ¿qué les ha pasado a los socialdemócratas? ¿Por qué han encadenado derrotas electorales a la vez que perdían afiliación? Puede afirmarse de forma objetiva que la socialdemocracia gozó de muy buena salud desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los años ochenta. Sus políticas expansivas y redistributivas (keynesianas), de carácter social y de afianzamiento de derechos, así como la intervención y regulación del mercado, que situaban a los socialdemócratas en el epicentro de la consolidación del Estado del Bienestar, eran aplaudidas en las urnas. ¿Cómo se rompe esta tendencia? Los propios socialdemócratas renuncian a parte de estas políticas asumiendo en sus gobiernos presupuestos neoliberales.

Es preciso puntualizar que los partidos socialdemócratas son en su origen partidos de clase, nacidos para defender los derechos de los trabajadores. La evolución sociológica de la sociedad en la segunda mitad del siglo XX, convierte a la socialdemocracia en un partido que abarca más que a los “obreros” y que es capaz de abarcar a grandes espectros sociales y a tejer una alianza entre la clase trabajadora “clásica” y la clase media, que se asienta precisamente gracias a las políticas expansivas socialdemócratas.

Vicenç Navarro sitúa el origen del socioliberalismo en la vertiente anglosajona de la socialdemocracia: por un lado, Bill Clinton y, por otro, la Tercera Vía de Tony Blair. El programa de Clinton llegó a causar temor dentro del Partido Demócrata por su contenido excesivamente izquierdista pero, una vez en la Casa Blanca, ese programa se esfumó. Un Congreso controlado por los republicanos fue lo que llevó a Clinton a hablar ya de la Tercera Vía como un camino entre el New Deal demócrata y el neoliberalismo salvaje republicano. Blair puso en marcha esta vía en Reino Unido con una política económica desreguladora. Así fue como comenzaron a difuminarse las políticas socialdemócratas, pues se produjo un efecto contagio al resto de partidos y a la propia Unión Europea en su configuración inicial.

 

El presente: Reino Unido, Francia y Alemania como símbolos de la decadencia reciente

Las dificultades del laborismo británico ante el Brexit o los malos resultados en las elecciones recientes del PS francés y del SPD alemán, han agudizado aun más la idea de una crisis profunda de la socialdemocracia europea.

En cuanto al Reino Unido, el liderazgo de Jeremy Corbyn se puso en entredicho desde el mismo momento de su elección por la militancia laborista y ha seguido estándolo incluso con una reelección interna en la que obtuvo mejor resultado con mayor número de militantes. Corbyn, a pesar de su edad, se presentaba como un soplo de aire fesco en cuanto simbolizaba una vuelta a los valores de la izquierda y de la clase trabajadora, lo cual desestabilizada en cierta medida al establishment que había regido el Partido Laborista en los años anteriores. No obstante, la gran prueba de fuego de Corbyn ha sido la gestión del Brexit. El líder laborista, que votó contra la pertenencia a la Comunidad Económica Europea en el referéndum de 1975, mantuvo una postura muy ambigua respecto al referéndum sobre la permanencia en la Unión Europea de 2016. Esa actitud le fue afeada por sus propios compañeros de partido (Jo Cox, la parlamentaria asesinada mientras hacía campaña por la permanencia en la UE en Birstall, Yorkshire, había sido una de las voces más críticas con su líder) y también por miembros de otros partidos socialdemócratas europeos. De hecho, Corbyn se enfrentó a varias dimisiones y a una revuelta de sus propios parlamentarios.

Sin embargo, las elecciones en las que la conservadora Theresa May pretendía aumentar su ventaja para gestionar un Brexit a su medida resultaron en una decepción para la premier británica. Corbyn, manteniendo su perfil más izquierdista, propuso medidas como la nacionalización de los ferrocarriles y las compañías energéticas y subidas de impuestos a los más ricos y a las empresas, incrementando su porcentaje de voto. Consiguió el voto joven y el de las grandes ciudades, y consiguió desplazar al partido nacionalista y xenófobo UKIP que pugnaba por el voto de las clases trabajadoras británicas.

Con estos resultados, May perdía la mayoría en el parlamento y tendrá que negociar con la Unión Europea en peores condiciones de las que tenía antes de las elecciones. De hecho, la UE a través de Juncker, ya le ha dejado claro al gobierno británico que no tiene intención de que los contribuyentes europeos paguen por algo que no decidieron, lanzándole a los británicos la pelota del gasto que supondrá la salida del Reino Unido (esta “factura de salida” se debe a los proyectos a los que el Reino Unido se comprometió siendo Estado miembro y que tendrán efectos financieros una vez que se haya marchado).

Las perspectivas electorales de los laboristas no son excesivamente malas, pero para las siguientes elecciones (2020), Corbyn habrá cumplido ya 70 años y seguramente el Brexit todavía tenga repercusiones en el interior de su partido. Todo ello suponiendo que May no opte por otro adelanto electoral en caso de verse contra las cuerdas en su negociación con la UE.

Por su parte, los socialistas franceses han quedado desdibujados. El periodo que pasó François Hollande al frente del Elíseo no contribuyó a reforzar al PS sino más bien al contrario, al tomar su gobierno medidas de corte neoliberal que crearon fracturas dentro del gobierno y del propio partido, desencantando a gran parte de su electorado. Hollande se convirtió en el Presidente menos popular de la V República y se vio abocado a renunciar a la reelección, abriéndose en el PS un enfrentamiento durísimo en unas primarias que enfrentaron a Manuel Valls y Benoît Hamon, resultando este último vencedor.

No obstante, Valls se negó a apoyar a Hamon, con lo que la crisis interna del PS creció, culminando en la obtención de un pobre 6,36% de votos en las elecciones presidenciales, lo que dejaba al PS muy lejos de la segunda vuelta, que protagonizaron Marine Le Pen y Emmanuel Macron y en la que se impuso este último.

El resultado del PS fue el peor desde 1969. Además de no ser capaces de cerrar su crisis interna, los socialistas franceses debieron enfrentarse en estas elecciones con la creciente popularidad de Macron y su En Marche!, por un lado, y con Jean-Luc Mélenchon, antiguo militante socialista y líder de Francia Insumisa, competidor por la izquierda del PS.

Tras el descalabro electoral, tanto Hamon como Valls abandonaron el PS, descabezando al partido y provocando una fuga de militancia difícil de frenar. La única dirigente socialista que goza de cierto prestigio, también en el exterior, es Anne Hidalgo, la alcaldesa de París. Pero la crisis del partido es tan profunda que pensar simplemente en nombres propios, por mucho prestigio que tengan, no vale para esta ocasión, en la que el PS necesita mucho más que eso para resurgir de sus cenizas cual Ave Fénix.

Aunque no tan malos como los del PS, los resultados del SPD alemán han supuesto un jarro de agua fría para los socialdemócratas europeos, que siempre han visto a los alemanes como la referencia política para sus respectivos países. Conviene no olvidar que ya en los años veinte del pasado siglo, mientras en otros lugares los partidos socialdemócratas apenas lograban votos, en Alemania el SPD podía gobernar. Ahora, la esperanza persistía tímidamente entre los más optimistas hasta que se conocieron los primeros sondeos a pie de urna en las elecciones presidenciales del mes de septiembre, que confirmaron lo que ya se sabía: Merkel perdía porcentaje de voto pero ganaba holgadamente, el SPD retrocedía al 20,5% de votos y la extrema derecha representada por AfD (Alternativa para Alemania) entraba en el Parlamento alemán como tercera fuerza (12,6%).

Para el SPD, este resultado ha sido el peor desde el restablecimiento de la democracia en Alemania y ello a pesar de que la andadura de Martin Schulz como candidato comenzó bien, con sondeos que le daban un empate frente a Merkel. El punto a favor de Schulz era no haber intervenido en los gobiernos de gran coalición que el SPD pactó con el CDU, lo que le permitía ser crítico con Merkel y mantener la credibilidad. Sin embargo parece a todas luces que la gran coalición ha favorecido a la canciller, que ha sabido asimilar y hacer suyo el discurso socialdemócrata, impidiendo al votante ver diferencias entre un partido y otro, y la alternativa que ofrecía Schulz ha quedado difuminada. Ya en la primavera, la derrota del SPD en las elecciones regionales fue calificada por el propio Schulz como “dolorosa” y no fue sino el inicio del fin de una ensoñación que duró muy poco para los socialdemócratas alemanes.

A pesar de todo, la negativa del SPD a seguir formando parte de la gran coalición abre un escenario en el que la socialdemocracia alemana puede ganar terreno perdido desde la oposición al gobierno de Merkel, trabajando el espacio ideológico de la izquierda donde, no obstante, tendrá que competir especialmente con Die Linke (La Izquierda), pero también con AfD, por el favor de los votantes que abandonaron su proyecto.

    

 

¿Y en España?

Los socialistas españoles, al igual que en el resto de países europeos, se han visto afectados por las mismas circunstancias que han provocado el declive generalizado de la socialdemocracia. Si bien, ahondaremos en la siguientes líneas en las particularidades propias del PSOE que, en los últimos años, han sumido al partido en una crisis ideológica y de representación.

El primer periodo de gobiernos socialistas (1982-1996) se caracterizó por políticas de tradición socialdemócrata, si bien, una vez perdida la mayoría absoluta, Felipe González tuvo que apoyarse en los conservadores catalanes de CiU, que introdujeron matices neoliberales en las políticas del gobierno del PSOE.

En su segundo periodo, el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero desarrolló una política económica continuista respecto a los gobiernos de Aznar. El propio dirigente socialista acabaría arrepintiéndose de ello en declaraciones hechas acerca de la burbuja inmobiliaria que se negó a romper. Pero sobre todo el PSOE se vio lastrado por las medidas económicas tomadas por el presidente Zapatero en el año 2010. Tras una primera legislatura (2004-2008) en la que el gobierno socialista se caracterizó por aprobar una batería de leyes sociales y mantener la marcha de la economía, la crisis mundial llevó al PSOE a llevar a cabo duros recortes que ponían fin a sus propias políticas redistributivas (mayo de 2010) y modificó el artículo 135 de la Constitución (agosto de 2011) tras un pacto con el PP para incluir en la carta magna un techo de gasto, ganándose las críticas de la oposición de izquierdas que afirmó que esa medida se tomó “con agostidad y alevosía”.

Coincidiendo con las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2011, el movimiento ciudadano que más tarde se llamaría 15-M, tomó las plazas de las principales ciudades españolas, creando espacios de debate horizontal en los que se exigía del gobierno más democracia, transparencia y participación. Zapatero convocó elecciones generales anticipadas en noviembre de ese mismo año, a las que concurrió como candidato socialista el ex Ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que cosechó la que fue, hasta esa fecha, la mayor derrota socialista desde la vuelta de la democracia (110 escaños).

El PSOE asumió que le tocaba lidiar con una travesía en el desierto, en la oposición y frente a la mayoría absoluta conseguida por el PP. El 15-M había desincentivado el voto a los socialistas, que llegaron a un Congreso interno con dos candidatos: Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, ambos antiguos miembros del ejecutivo de Zapatero pero representando a dos generaciones distintas. La balanza se inclinó del lado de Rubalcaba por 22 votos de los delegados socialistas. El PSOE había optado por un hombre experimentado y mayor frente a la posible ruptura que Chacón podía representar. No obstante, solo dos años después, el espíritu del 15-M se le había escapado totalmente al PSOE y fue recogido por un nuevo partido, Podemos, que dio la sorpresa en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, y forzó a Rubalcaba a convocar un Congreso Extraordinario.

Pedro Sánchez se erigió en nuevo líder de los socialistas, siendo elegido por primera vez mediante voto directo de la militancia en lugar de por los delegados asistentes al Congreso. Podemos seguía creciendo mientras el PSOE no terminaba de arrancar a pesar de contar con un nuevo liderazgo, y en las elecciones de diciembre de 2015, los socialistas volvieron a perder representación (alcanzaron los 90 escaños). Existía la posibilidad de formar un gobierno alternativo al PP, que había perdido la mayoría absoluta pese a haber ganado las elecciones, si Podemos y Ciudadanos apoyaban a Sánchez. Los segundos se mostraron dispuestos, no así los primeros, que votaron en contra de la investidura de un presidente socialista, seguros de que en una hipotética repetición electoral lograrían el sorpasso al PSOE.

      

La repetición de las elecciones tuvo lugar en junio de 2016. El PP salió fortalecido aunque seguía sin alcanzar la mayoría absoluta, lo que le obligaba a negociar. El PSOE perdió 5 escaños, bajando hasta los 85 escaños. La coalición en la que se presentó Podemos mejoró ligeramente su resultado pese a haber perdido porcentaje de voto. El sistema electoral que había criticado Podemos durante las anteriores campañas electorales ahora les beneficiaba.

   

La matemática parlamentaria hacía prácticamente imposible reeditar el fracasado pacto PSOE-Ciudadanos-Podemos intentado en la breve legislatura anterior y empezaron a surgir voces en el seno del PSOE que abogaban por facilitar un gobierno del PP mediante la abstención, debatiendo si era preferible una abstención técnica o total. Sin embargo, Pedro Sánchez defendió públicamente el «no» al PP, frente a la facción “institucional” del Partido, guiada por la Presidenta andaluza, Susana Díaz, a la que apoyaban la práctica totalidad de los presidentes autonómicos socialistas. Las posiciones se fueron enconando hasta los sucesos del Comité Federal del 1 de octubre de 2016, en el que, tras la dimisión de la mayoría absoluta de su Ejecutiva, Sánchez perdió la votación para convocar un Congreso Extraordinario al que tenía intención de concurrir para afianzarse como líder del PSOE y tener capacidad de negociación de posibles acuerdos de gobierno sin las trabas que estaba encontrando en el interior de su partido. La derrota en esa votación le llevó a dimitir como Secretario General, constituyéndose una Gestora, tras una jornada de Comité Federal maratoniana, tremendamente tensa y, para mayor escarnio, retransmitida prácticamente en directo por televisión, dañando al PSOE al trasladar una imagen de total descontrol interno.

La Gestora pactó la abstención del PSOE con el PP, que pudo empezar a gobernar. Sánchez dimitió como diputado antes de tener que votar la abstención acordada por su partido y acabó concurriendo a las primarias, convocadas en mayo de 2017, y ganándolas con más del 50% de los votos de los afiliados frente a Susana Díaz, en una victoria incontestable por la altísima participación de militantes en el proceso.

El PSOE, en resumen, pagó electoralmente los recortes hechos por el gobierno de Zapatero, primero, y su sordera ante las peticiones de la calle, después, que supuso la aparición de un nuevo competidor (Podemos) que ha tratado de ocupar su espacio ideológico. Los socialistas han necesitado una catarsis interna de enormes dimensiones para recuperar (y está por ver si afianzar) a su actual líder, al que no obstante le esperan varias pruebas de fuego: externamente, lidiar con la situación política en Cataluña, donde el PSC ha mantenido una posición moderada que lo ha dejado durante mucho tiempo en tierra de nadie, y donde ahora el PSOE deberá ponerse el traje de “partido de Estado” y apoyar al gobierno conservador, a la vez que presenta un proyecto federalista concreto y claro en busca del encaje catalán y, por otro lado, recuperar el terreno perdido volviendo a atraer a los votantes que se fueron a Podemos o a la abstención ante la cercanía de las elecciones autonómicas, municipales y europeas del año 2019, sin olvidar un posible adelanto electoral nacional si el asunto catalán sigue complicándose y el gobierno del PP pierde apoyos parlamentarios; internamente, Sánchez tendrá que cumplir sus expectativas de regeneración del PSOE y otorgamiento de más poder a la militancia, si no quiere frustrar a los afiliados que mayoritariamente le apoyaron.

 

Algunas conclusiones

La socialdemocracia ha sido víctima de sí misma al renunciar a sus propios postulados. Pocos dentro de los partidos socialdemócratas fueron capaces de prever que la crisis económica que se desencadenó en 2008 pasaría una factura tan elevada a sus formaciones. Hasta ese momento, desde los comienzos de la Tercera Vía, la socialdemocracia se había limitado a mantener los postulados económicos neoliberales junto a políticas sociales, que suponían casi el único punto de diferenciación respecto a sus rivales políticos conservadores. Con el estallido de la crisis económica eso ya no fue suficiente y los votantes tradicionales de la socialdemocracia se sintieron huérfanos, especialmente en los países en los que la crisis fue más dura y el gobierno estaba en manos de partidos socialistas, como fue el caso del PASOK griego. Además, a derecha e izquierda han surgido partidos de corte populista que han captado rápidamente el descontento de esos votantes “huérfanos”, dificultando a la socialdemocracia una recuperación electoral que no habría sido tan compleja en un escenario político tradicional.

Con todos estos mimbres, reconstruir el cesto socialdemócrata se antoja complejo, pero no imposible. Los más veteranos dentro de sus formaciones argumentan, con razón, que han pasado por peores épocas (guerras, dictaduras, campos de concentración…) y salieron adelante. Es cierto, la socialdemocracia siempre se ha repuesto. Ahora les toca volver a hacerlo y, al igual que su decadencia, resurgir también está en su mano.

Por LOGOS

3 respuestas a “La crisis de la Socialdemocracia”

  1. Desde mi punto de vista la Socialdemocracia atraviesa un punto de inflexión en cuanto a su definición y situación respecto de la sociedad globalizada en la que nos encontramos.

    Es necesario que la socialdemocracia mundial y, fundamentalmente, la europea articulen un discurso global para dar soluciones globales a los problemas políticos globales.

    De nada sirve generar nacionalismos de izquierdas si no se consigue poner freno a la especulación internacional.

  2. Valioso análisis de cómo se ha llegado a la peor época para la socialdemocracia. La síntesis de los procesos de decadencia en otros países como un espejo para la cuestión en España es muy útil. En cada uno de ellos hay una vía distinta y España debe explorar la suya…A Corbyn y a Costa les ha ido mejor que a Hamon y Schulz. Veremos en el arco mediterráneo cómo resuelven sus fenómenos propios Tsipras, Renzi y Sánchez (todos ellos repitiendo oportunidad y adaptando sus formaciones a un escenario político y económico distinto)

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